
EL CAMPITO ROMANO DE TÁNGER
documentos ficticios para recordar una realidad
El campito romano era un terreno baldío que abarcaba casi una manzana en la zona alta de la ciudad. En él reposaban grandes rocas espartanas entre arbustos salvajes. Lugar abandonado, quedaba de camino a varios colegios, y era también el punto de reunión, de encuentros y desencuentros. Las disputas surgidas, en el recreo de la escuela, se resolvían allí, en parlamentos dialécticos y pugilísticos. Además, era lugar de espera, de descanso y de reflexión en soledad.
Transitábamos por allí cuatro veces al día: por la mañana al ir a clase, al mediodía, al volver a casa para almorzar, en la sobremesa, al regresar a los cursos de la tarde y a la salida, una vez finalizada la jornada. En cada ocasión la mirada enfocaba la particular textura de las piedras, prismas cuadrangulares desgastados por el paso del tiempo, testigos de las vicisitudes de la ciudad durante más de dos mil años.
Cruce de culturas que observa fluir el océano Atlántico en el Mediterráneo, sea con dulzura o con violencia. Los vientos aventureros han dejado constancia, en relatos históricos y legendarios, de los personajes que la han visitado. Ya la nombra Homero en la Odisea, y Platón en sus narraciones acerca del gigante Anteo, hijo de Poseidón, que dominaba la región donde se hallaba el jardín de las Hespérides.
Al irme a estudiar fuera del país, vi por última vez estos restos arqueológicos. Las superficies vividas y erosionadas de esos bloques eran un lenguaje de tramas, estructuras y tacto. Superficies visuales en las que se entrecruzaban múltiples historias. Un entramado de magnitud sensible que ha quedado grabada en mi memoria emocional.
Un suelo inerte que ha sido espectador y actor de muchas vidas. He buscado, en vano, información sobre este yacimiento olvidado. Ha quedado sepultado bajo la fastuosa mezquita Mohamed V, y no encuentro prueba de su existencia.








